La poesía social es una etiqueta incómoda y como en cualquier etiqueta, sobretodo si son de esas gigantes que acostumbran a estar cosidas en las prendas de Zara, se recomienda cortarla – por la línea de puntos – para evitar rozaduras en el cuello o en cualquier otra parte más o menos sensible. El etiquetado que pretende este artículo no intenta abarcar ni excluir; sino establecer, en la medida de lo posible, un esbozo lineal y parcelario de lo que a lo largo del tiempo, y de una forma lexicalizada, se ha venido denominando “poesía social”. Es decir, este artículo es superfluo e inútil y como cualquier etiqueta, prescindible.
Diferentes críticos han utilizado distintos rótulos: poesía social, poesía realista, poesía para las masas, poesía crítica, poesía de protesta, poesía comprometida… para referirse a la corriente surgida en España en la década de los años 50 como reacción a una circunstancias históricas concretas (dictadura franquista). La “poesía social" es un concepto en blanco, vago, polémico... que en muchas ocasiones nos remite al estereotipo de una poesía dogmática y explícita. Por su contenido suele ir referida a aquella poesía de carácter comprometido que trata, desde la historicidad y el compromiso ético con la justicia, sobre el común destino humano. Por sus postulados estéticos suele ser definida como aquella que procura el realismo y reclama el pragmatismo de la inteligibilidad como instrumento dirigido a la concienciación de los conflictos sociales. No obstante, tratar de definir la poesía social por su contenido o por sus postulados estéticos resultaría impreciso.
En realidad existe una gran heterogeneidad temática en la obra de los denominados poetas sociales y una gran variedad en los recursos expresivos que, si bien tienden en mayor medida al realismo, no desdeñan la vanguardia, el cauce clásico, la elegía o la lírica popular. Como señala Carriedo se trata de una corriente estrechamente ligada a su contexto histórico. Una poética de la resistencia a la dictadura franquista y, en consecuencia, confrontada a todo esteticismo ajeno a la realidad histórica del país.
Aunque se suele fijar como fecha de inicio la década de los 50, la poesía social encuentra sus antecedentes más cercanos en la poesía política de la Guerra Civil (Miguel Hernández o Pablo Neruda; poesía impura) y en la poesía existencial de los años 40 (Dámaso Alonso y Vicente Aleixandre; poesía desarraigada) de la que puede decirse que es una evolución natural. Durante esta primera época sus máximos exponentes son B. de Otero y G. Celaya, sumándose en los años 60 una segunda generación de poetas que, desde posiciones críticas, introdujeron nuevos temas y una mayor preocupación por el lenguaje (J.A.Goytisolo, A. González, J.G.Biedma).
Igualmente, y aunque suele fijarse su final en torno al año 65, su grado de mayor difusión popular (Raimon, Paco Ibáñez, Serrat) se produjo en las postrimerías del franquismo y en los inicios de la transición democrática, por lo que algunos críticos han venido a señalar que su periodo de influencia comprende prácticamente el mismo periodo que la dictadura franquista.
Las nuevas corrientes estéticas (Novísimos, 1971) y la paulatina desaparición de las necesidades históricas a las que respondía, fueron arrinconando la poesía social. Pero definida así, como una poesía comprometida y de resistencia, su influjo puede rastrearse en muchos de los llamados a reemplazarla (M.V.Montalban, Jose Mª Álvarez o por qué no, incluso el P. Gimferrer de sus poemas cívicos) y, aunque algo más diluida y tibia, también en algunos de los denominados poetas de la experiencia (L.G. Montero, La intimidad de la serpiente).
Actualmente, los poetas del nuevo realismo o realismo minimalista, como Roger Wolfe (Días perdido en los transportes públicos) o Pablo García Casado (Dinero), si bien rechazan la poesía como un medio didáctico (como ocurría ya en algunos poetas sociales o críticos de los años 60) muestran en sus trabajos la descarnada realidad de las sociedades postindustriales. Aunque es muy acusada en ellos la influencia de la poesía y narrativa norteamericana, también es fácilmente visible el influjo de la poesía social.
Quizá, la poética o poéticas que de una forma más nítida se han postulado como continuadoras o legatarias de la poesía social de postguerra, sean las del denominado grupo de la poesía de la conciencia (Jorge Riechmann o Enrique Falcón). Éstos, como sus antecesores, o quizá aún más que sus antecesores, también son un grupo heterogéneo donde conviven diferentes estéticas unidas por su actitud combativa y crítica. Si la poesía social de los años 50 se presenta como un conglomerado cuyo nexo más definitorio es su actitud de resistencia crítica frente a la dictadura franquista; la poesía de la conciencia parece estar unida, también en este caso, por su resistencia frente al todopoderoso neoliberalismo.
Llegados aquí, no conviene olvidar que la preocupación por los temas sociales, como tema poético, excede el ámbito de cualquier clasificación, poetas como Ana Isabel Conejo (Atlas), Mario Cuenca (El libro de los hundidos), y una innumerable lista de jóvenes autores – huyendo de la poesía comprometida – no son ajenos a una visión social de la realidad.
Como señalaba Leopoldo de Luis : “Nunca ha sido una simple moda la poesía de tema social. Considero por ello un error atribuirle calidad de escuela o movimiento. No es equiparable al modernismo, al superrealismo, a la poesía pura o a cualquier otro modo promocional, con sus postulados, sus manifiestos, sus pontífices y sus ortodoxos. ¿Podría hablarse de la poesía amorosa como escuela?”.
Lo dicho.