CUANDO MURIÓ EL POETA
La luz exangüe y mortecina se esfumó sobre la silente huerta,
cegaron los afligidos ojos de las amapolas enlutadas
y la luna bruna agonizó después de un desalentado suspiro.
La sangre obscurecida por el delirio y la sin razón de una guerra insana
hizo su lecho en el campo, en la ciudad, en los corazones.
Las miradas muertas de la ofuscación y del silencio tétrico
acallaron el bramido turbador de la tierra acuchillada y ultrajada,
tierra sin simiente, tierra sin labranza, tierra sin libertad, tierra de odio.
La tiranía y la opresión echaron raíces en las zanjas desiguales
de unos rostros apergaminados, de unas manos aprisionadas,
de un horizonte cercado por la ignominia y la contienda muda.
La tiranía secó los trigales, quemó los arrozales,
consumió la libertad, apagó la palabra de los poetas,
el canto de los soñadores, y la voz de un pueblo.

MADRE, TE ODIO
Tu aliento de matrona podrida me envenena,
tus ojos malignos de matriarca derribada
por los otoños traicioneros me aniquilan
y en un deshilachado manto me rodean.
Eres mi penal, mi condena por haber nacido,
de tu nauseabundo vientre perjuro y pestífero,
de tu vientre que quiere engullirme, devorarme
para destruirme y proclamar que sólo suyo tuyo,
y que tu seguirás siendo la soberana que gobierna,
que regenta el destino del malogrado hijo deslucido.
Me acorralas, me asedias, me asechas y me fustigas
con tus miradas vacías, tus suspiros ahogados,
tus reproches silentes y tu vida que se muere de desamor.
Muérete del trance de los hastíos, de los que no vivieron su vida,
de los que sólo trabajaron para los suyos, arrodillados
en la tierra infecunda de esta vida de perros.
Muérete ya de una vez y déjame fenecer a mi gusto
entre porros, litronas y anfetas, tirado por el suelo mugriento
de las avenidas mortuorias de nuestros últimos ahogos.
Déjame madre, ya encontraré el camino que me lleve al infierno,
como todos los que conozco, todos los que fumaron,
bebieron, pegaron robaron y mataron.
Madre márchate, no me esperes, te odio, destruiste mi vida
y te premian con el cielo azulenco y translucido.
Muérete antes de que mi odio te crucifique por última vez,
antes que mi rabia contenida coja este cuchillo y te raje.
Pero madre márchate y muérete.
Cierra las puertas celestiales del amor, del perdón y de la vida.
Ahí nadie me espera.
Madre no me mires más que las calderas del infierno me aguardan.
No entres conmigo, madre. Esta puerta es la de los mal nacidos.
No entres madre, te harían daño, te harían sufrir,
tú que sólo supiste dar amor, besos y caricias.
No entres mama... te quiero...