0
  0
0
0
0
0
0
0
 
 

Quevedescas

 
 

 

0De viento y ventiscas (II)

Érase una vez una noche en una villa marítima azotada de ventisca, Érase un escritor tan patoso como inquieto (y jamás mejor dicho) Érase, que se encontraba en el intento de trepar por una cuerda, deslizada previamente por alguien, a fin de esquivar los sirvientes, desde el mas alto balcón de una casona hasta el muro del patio para que, una vez sorteado, le diese acceso a la habitación de su amante.

La supuesta querida, que se presentaba como joven, morena, tez oscura de rasgos arábigos; haciase pasar por traviesa cortesana de buenas hechuras. Conminaba a su pretendiente, mediante detallado escrito y plano, a pasar el mencionado suplicio, a fin de conseguir los mas delicados favores de su persona y poderse resarcir de la ausencia de su bienamado esposo, convenientemente alejado, en tránsito hacia ese lugar nórdico, donde refluyen las cornamentas.

Así que Quevedo, siguiendo textualmente las instrucciones, se encaramó al muro y aferrado a la soga trepó con desmesurado afán, tan vigorosamente como le permitía su obeso cuerpo. Encontrábase a mitad y visiblemente cansado, entre palpitantes respiros, dióse cuenta por un lado de la flaqueza de fuerzas que provocaba su manifiesta gordura, y por otro del resbaladizo ungüento que supuraba la mencionada cuerda, a partir de aquella posición hacia arriba, siendo ya la distancia al suelo solemne. Mientras, sintiéndose confundido, talmente con un rojo rábano aliñado de lluvia y sazonado por el viento, que arreciaba desde un cercano mar; como si se hubiesen confabulando los elementos, empeñados a martirizar su persona, sin el rastro visible ni ayuda de su anónimo amor.

No quedo ahí la cosa, que la fuerza del aire infundiere a todo este conjunto un movimiento de vaivén, impidiéndole tanto escalada como el descenso desde tal delicada posición. Así que recién desveladas las ocho campanadas matutinas y habiendo mareado ya todas sus maldiciones, aun tapándose el rostro con la comisura de barbilla y hombro, se vio reconocido por sendos viandantes, que desde el otro lado de la verja viéndole columpiado de aquella manera, preguntaron:

 

. ¡Vive Dios! ¿No es ese Quevedo?

. ¿Qué hacéis ahí vuestra merced?, ¡moveos pardiez!

. Amigos, ni subo, ni bajo, ni me estoy quieto - Replicó este sintiéndose descubierto.

 

A QUEVEDO

(DLHP Dios lo haya perdonado)

 

Érase noche plena de ventisca,

érase un escritor sátiro-obeso,

érase un grande ratón muy travieso

rondando labios de gata morisca.

Estuviera mejor cantando brisca

a trepar soga por jugarse un beso,

estuviera mejor yantando queso

para evitar trifulca - a toda trisca -.

Acaba en ratonera, andar de macho,

o atorado en mitad de un balanceo.

(A Quevedo dedico este soneto)

 

- ¡Vuestra merced, moveos de ese cacho!

Respondiere este, con un gran mareo

- ni subo, bajo, ni me quedo quieto. 

 

 

Joan Ubach 

 

 
actualitzación julio 2008 | contactar | resolució 800x600 | créditos